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25 julio 2009


Para pensar las posibles consecuencias de estos datos, habría que pensar en las abejas. A lo largo del planeta hay una alarma real sobre la desaparición masiva de miles de colmenas. Las causas aún se desconocen, pero al parecer están relacionadas con la presencia de un virus aún no perfectamente identificado, pero que su rápida propagación puede estar asociado al cambio climático y el calentamiento global.

La muerte de las abejas puede resultar para muchos trivial, pero los cálculos sobre las pérdidas económicas que ya hay en los Estados Unidos por la caída en los índices de polinización de diversas especies son simplemente brutales. Más aún, las consecuencias ecológicas que esto puede generar a escala mundial, de continuar la muerte masiva de estos insectos, puede acarrearnos problemas que no habíamos siquiera imaginado hace 5 años.

Los seres humanos, desde una posición terriblemente egoísta y alejada de una ética de convivencia con el medio ambiente, creemos casi siempre que podemos controlar los fenómenos relacionados con la ecología. Creemos que de verdad podemos ser los amos y señores de la naturaleza y que podemos modificarla y moldearla a nuestro antojo.

No obstante, este fenómeno de la muerte masiva de las abejas, nos muestra que podemos estar generando con nuestras acciones, consecuencias devastadoras para nuestros ecosistemas, y como resultado, estamos afectando nuestras capacidades de vivir con dignidad y equidad en el mundo.

Cada que arrojamos basura a las alcantarillas, cada que dejamos encendidos los focos de nuestras casas, cada que quemamos papel o carbón, estamos contribuyendo al calentamiento global. Cada vez que lo hacemos, podríamos estar sumándonos, si bien a escala micro, a la generación de la muerte de las abejas y a quién sabe qué más fenómenos que aún no hemos detectado, pero que sin duda están ahí, como consecuencia de la intervención irresponsable de la humanidad sobre el medio ambiente.

Lo peor del caso es que en estas condiciones, son siempre los más pobres y los más vulnerables quienes más pierden, pues la desigualdad mundial, y desde luego la nacional, tienen también una expresión ecológica, marcada sobre todo en un acceso inequitativo al uso y disfrute de los recursos naturales.

La crisis ecológica que hoy se vive en Salamanca expresa la crisis ecológica que vive nuestro país. Sin duda esto puede cambiar. Sin duda hay soluciones tanto científicas como tecnológicas para hacerlo. Lo que nos hace falta es imaginación y un conjunto de acuerdos de la clase política que permitan poner al centro de la discusión nacional lo que Juan María Alponte señalaba en una reciente conferencia: si no generamos una nueva forma de relacionarnos con base en la solidaridad y una ética convivencial, no habrá posibilidades de construir cohesión social, de reducir la desigualdad, y desde luego, de poder generar desarrollo con base en el principio del desarrollo sustentable.

agusblau

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